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viernes, 13 de julio de 2012

Sueños de verano, capítulo once

El agua fluía despacio mientras el muchacho la contemplaba pensativo apoyado sobre la barandilla del mirador. Desde niño siempre le había gustado contemplar el lento avance del cauce del río en aquel lugar, pues le infundía una tranquilidad como nada en el mundo lo hacía. Todos los males se desvanecían, todo el pesar desaparecía momentáneamente en aquel idílico paraje que poseía cada uno de los sentidos del que se parase a disfrutarlo. El agua hipnotizaba en su lento fluir a la vista y al oído, mientras que el tacto era acariciado por la suave brisa estival y el olfato estimulado por los aromas que la corriente arrastraba. Solo el gusto escapaba a aquella magia, y no siempre, pues cerca de allí había una pequeña pastelería a cuyos pasteles era difícil resistirse. Cientos de veces había disfrutado de aquel lugar con un pastel entre sus manos, deleitándose con lo que la vida le ofrecía con tanta sencillez.

En ese instante, sin embargo, el encanto del lugar era roto por su camisa negra, su semblante desconsolado y sus nudillos despellejados. La belleza reponedora de aquel paraje había sido quebrada por la sombra de la muerte. Pensaba el muchacho como la vida, como aquel río, fluía tranquila a veces, rápida y precipitada otras, y cuando menos lo esperabas llegabas a su desembocadura, al inmenso y frío mar de la vida que es la muerte.

Reflexionando mientras contemplaba como se mecían los juncos, Rodrigo recordaba que toda su desdicha  había comenzado mucho antes, a mediados de julio, poco después de conocerla. Tras cruzarse con su mirada, todo comenzó a girar en torno a Daniela. Pero ese gravitar en torno a un amor adolescente pronto se vio truncado por un accidente tan trágico como inoportuno. El accidente de Juan Pablo había quebrado el inicio de aquel amor, lo había ensuciado cuando apenas comenzaba a nacer y lo había envenenado de manera irremediable. El fracaso parecía asegurado para aquella relación mancillada. Pero Rodrigo estaba empeñado en sacarla adelante, pensaba que su ilusión sería suficiente, que acabaría con todos los males que la pudiesen acosar, pese a que en lo profundo de su mente le atormentasen malos pensamientos.

Lo que quedaba del mes de julio transcurrió con síntomas de mejoría tanto para Juan Pablo como para Daniela, lo cual infundía esperanzas en Rodrigo. Agosto comenzó con paseos por el río y besos bajo los árboles, y siguió con pasión entre las sábanas. Mientras tanto, Juan Pablo había mejorado tanto que alimentó las esperanzas de todos. Su fortaleza en la lucha contra las Parcas había dado un motivo por el que creer en su recuperación. Por su parte, Rodrigo había dejado de tener esos sueños que lo atormentaban, lo que le hacía confiar en que todo había acabado y que a partir de ese momento todo saldría bien.

Y así fue hasta que, a finales de agosto, todo comenzó a torcerse. El primer revés a la buena marcha de los acontecimientos fue una conversación entre el muchacho y Daniela, fruto de los temores infundados de la muchacha. Se encontraban echados sobre la hierba de la ribera del río, con el Sol ocultándose en un horizonte anaranjado, dejando sus últimos rayos de luz a la inminente noche. El viento, cada vez más fresco y agradable, mecía las ramas de los árboles cercanos y los cabellos de Daniela. Era el escenario de tantos besos y caricias, pero esa tarde el asunto era diferente.

-Rodrigo
-Si, amor mío
-Se acerca el otoño, y con él deberás marcharte a la Universidad, ¿lo has pensado?
-Aun no me lo había planteado, Dani, ¿Te preocupa?
-Bastante más que a ti, según parece. ¿Cómo vamos a soportar el peso de la distancia después de pasar todo el verano unidos?
-Siendo fuertes y teniendo muy presente que nos amamos
-Pero, Rodrigo, tú te vas a la ciudad, allí...allí habrá más chicas, seguro que más guapas que yo. Te olvidarás de mi, si te vas... -la voz de Daniela se apagaba a la vez que sus ojos se humedecían y, en un suspiro, añadió- No quiero que te vayas.
-No digas tonterías. Yo tampoco quiero irme Dani, pero es mi obligación -dijo Rodrigo abrazándola-.
-¿Nos dejarás, pues, solos a Juan Pablo y a mí?
- No es eso, pero compréndeme, es mi futuro.
-¿Y qué soy yo? -dijo Daniela con lágrimas en los ojos-.
- Lo más maravilloso que jamás me pudo haber pasado -aseguró Rodrigo mirándola a los ojos y cogiéndole la mano-.
-En ese caso, quédate conmigo, no te vayas -añadió Daniela, tras lo cual comenzó a llorar.

Rodrigo la abrazó y pensó en lo que había dicho. Hasta ese momento no se había planteado que volver a la Universidad supusiese alejarse de Daniela y la posibilidad de olvidarla, aunque esto último le parecía imposible. Su mente actuó rápido, guiada por un impulso alimentado por el amor que le profesaba a Daniela: "me quedaré, mi amor, por ti y solo por ti". Tras esta declaración, Rodrigo secó las lágrimas de Daniela con la yema de sus pulgares mientras le sujetaba su cabeza con las manos, tras lo cual le dio un beso tierno. Aquellas palabras dichas a la ligera le traerían al muchacho, a la larga, más desazón que dicha.

Rodrigo recordaba aquel instante mientras permanecía apoyado en la barandilla del mirador del río. El lúgubre tono de las campanas le sacó de sus pensamientos y reclamó su presencia en el interior de la Iglesia, situada varias calles hacia el interior del pueblo. Rodrigo se giró y comenzó a caminar con pesadez y desgana, como queriendo retrasar el inevitable momento de encontrarse de frente con una realidad que volvía a abrumarlo, aunque esta vez de manera definitiva. La muerte había rondado aquel verano asiduamente su entorno, pero siempre mantuvo la esperanza de que no llegara a blandir su guadaña. Ahora tenía la certeza de que la muerte no rondaba en vano; demasiado ocupada estaba en su milenario cometido como para perder el tiempo en observar almas sin reclamarlas.



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domingo, 13 de mayo de 2012

Sueños de verano, capítulo diez

Rodrigo despertó con una extraña sensación en el cuerpo. No se sentía mal como por la mañana, no tenía miedo ni estaba empapado en ese sudor frío y pegajoso con que el terror cubre el cuerpo de los que lo padecen, pero aquel sueño también había hecho mella en su espíritu y le había dejado una extraña sensación en el pecho. Había pasado mucho tiempo desde que se tumbó en la cama al mediodía, había dormido mucho y, pese a la extraña sensación que sentía, se encontraba bastante descansado. Miró su reloj de pulsera y comprobó que aún no era tarde para visitar a Daniela, pero que debía darse prisa. Por ello, dejó de lado toda la pesadumbre que el sueño le pudiese causar y corrió a arreglarse un poco.

Frente al espejo del baño se dio cuenta que estaba vestido, no se había quitado la ropa antes de dormir. Al pensarlo recordó que estaba tan cansado que tan solo con tumbarse en la cama había caído en un profundo sueño; por ese motivo llevaba aún la ropa. Con la mirada aún fija en su reflejo observó como su rostro había experimentado una notable mejoría con respecto a aquella misma mañana. El arañazo seguía ahí, en su mejilla, recordándole la locura que puede provocar el miedo y el desconocimiento de la realidad. Pasó sus dedos entre sus cabellos suavemente, a modo de peine, hasta lograr asentar un poco los alborotados pelos de recién levantado. Tras esto salió con bastante prisa, sin atender las palabras de su madre, que le pedía que comiese un poco antes de salir.

Hizo el camino hasta casa de Daniela andando, pues necesitaba ejercitar un poco las piernas y que el aire refrescase su ánimo y le arrancase ese olor a hospital que lo impregnaba. Cuando llegó a casa de Daniela una sensación desagradable se apoderó de él y el recuerdo del día anterior acudió nítido a su mente: la velocidad cortando el viento, el rugido de aquella bestia de metal, la sonrisa sincera y confiada de Juan Pablo justo antes de salir, el ruido del motor alejándose hacia la perdición mientras él solo tenía ojos para Daniela, el amor juvenil, las caricias sinceras, las miradas infinitas, el placer adulto, la desgracia que lo desvaneció todo. Intentando desprenderse de esos pensamientos, apretó el timbre inseguro, pues quería ver a Daniela, pero el peso de las palabras del sueño sonaban una y otra vez en su mente haciendo que un escalofrío le recorriera el cuerpo: "Daniela será lo que elijas que sea, tan solo debes de tomar la decisión adecuada".

La puerta se abrió y apareció el imponente Ernesto, con su tez morena y una sonrisa sincera. Le tendió su poderosa mano y, al apretarla, Rodrigo se percató de la aspereza de esta, característica del hombre que se gana el pan con duros trabajos manuales. "Hola muchacho" fue todo lo que salió de la boca de aquel hombretón, mientras que con un gesto le invitaba a pasar. En el interior de la casa, que ya conocía pese a que aparentara estar allí por primera vez, se le acercó la madre de Daniela. Rodrigo solo la había visto levemente el día anterior, entre la turbación y las lágrimas, y no había podido contemplar su belleza. La mujer se le acercó y le dio un beso en la mejilla, pero no articuló palabra. Ernesto intervino y le dijo que él le acompañaría hasta el cuarto de su hija, mientras su esposa volvía al salón cabizbaja.

Aquel encuentro extrañó al muchacho, pero atribuyó la actitud de la madre de Daniela a la confusión que reinaba alrededor de aquella familia. Por lo demás, a Rodrigo le había impresionado el hermoso semblante de aquella mujer."Daniela es el fiel reflejo de su madre", pensaba mientras subía las escaleras. Con la piel castigada por el paso de los años, el rostro de aquella mujer que acababa de ver seguía teniendo una belleza especial, mejorada, incluso, con los surcos de la edad. Su pelo sedoso era igual al de Daniela, su nariz y su boca se asemejaban de tal manera que parecían hechos del mismo molde; sus ojos eran de un marrón muy cercano al de su querida muchacha, aunque más oscuros e intensos, pero menos encantadores. Era una hermosura madura y apagada, en decadencia, pero aun digna de contemplar.

Al llegar al primer piso Rodrigo miró la puerta de la habitación de Daniela con incertidumbre. Su instante de duda fue rápidamente diluido por Ernesto, que, por delante de él, abrió la puerta de la habitación de su hija. Rodrigo se apresuró a entrar, empujado más por la mirada de Ernesto que por su propia resolución. Al entrar, sus recuerdos del día anterior volvieron con tal nitidez a su mente que sintió una cálida excitación que le recorrió todo el cuerpo. Pero pronto desapareció, sumergida en el mar de las dudas que se le planteaban ante la visión de Daniela. Mientras avanzaba hacia la cama, Ernesto permaneció en el umbral de la puerta.

Al observarla de cerca pudo comprobar que la belleza que lo había cautivado desde el primer instante había desaparecido del rostro de Daniela, ahora pálido y con síntomas de una larga vigilia. Rodrigo se acercó a la muchacha y esta lo recibió con una sonrisa fingida, pues no le apetecía ver a nadie, y menos que la vieran en aquel lamentable estado. Rodrigo le dio un beso en la mejilla, sintiendo la pringue y el sabor salado del sudor en sus labios. Rodrigo quiso seguir, quiso besar aquellos labios que había añorado desde el mismo instante que se separó de los suyos el día anterior, pero la presencia de Ernesto en la puerta le disuadió de cualquier intento en ese sentido.

Rodrigo seguía contemplando a Daniela, que le miraba a ratos, pero la mayoría de las veces intentaba esquivar su mirada. Los ojos de Daniela no tenían ahora la viveza de días atrás y su belleza había menguado a causa de la hinchazón que le habían provocado las lágrimas y la falta de sueño.  El muchacho sostuvo su mano desde el instante en que le había regalado aquel beso en la mejilla, pero las palabras, que en otras ocasiones surgían solas de su boca, parecían negarse a romper el silencio reinante en la habitación. Aquel silencio fue roto, sin embargo, por el sonido de la puerta al cerrarse. Ernesto les había brindado la intimidad que tanto necesitaban para poder hablar con soltura. Rodrigo, aunque aún inseguro, decidió dar el primer paso.

-Daniela, ¿cómo estás?
-¿Cómo está él, Rodrigo? Mis padres no han querido decirme nada. Creen que eso es mejor para mí. Pero yo necesito saber cómo está Juan Pablo -Daniela lo miraba ahora con toda la intensidad de su mirada, aquella misma mirada que lo había seducido, que lo había enamorado, ahora clamaba algo que se sentía incapaz de negarle-.
-Sigue mal, si te soy sincero, sigue verdaderamente mal, pero está estable. ¿Cómo estás tú?
-Yo estoy bien, aunque algo cansada -dijo la muchacha al cabo de un rato, con la mirada perdida-.
-Dani, para lo que necesites aquí estaré.

Al escuchar aquellas palabras ella lo miró con una luz en sus ojos que recordaba ya a días mejores. La fuerza de su mirada penetró en Rodrigo, arrollando cualquier mal a su paso, dejando solo un deseo irrefrenable. La mirada del muchacho encontró pronto los labios de Daniela, y su cuerpo comenzó a actuar solo. Rodrigo acercó su rostro al de ella, mientras sus manos rodeaban su cabeza con delicadeza y su boca se acercaba a la de la muchacha. Sus labios se encontraron en el instante preciso en que sus corazones querían salirse del pecho. Tras el beso se miraron durante largo tiempo sin articular palabra alguna. "Esto es lo que elijo que seas Daniela, concédeme que así sea" pensaba el muchacho mientras sentía que todo saldría bien.

martes, 24 de abril de 2012

Sueños de verano, capítulo nueve

Tras llegar al hospital, la mañana  transcurrió como transcurren los días de oscuridad y muerte. El desasosiego sembraba los corazones de todos los que rodeaban a Rodrigo en el hospital, y el muchacho, en su titánica lucha contra el horror de las sombras, contemplaba la palidez de Juan Pablo con el suspiro en sus labios y el corazón en un puño. Sentía la presencia de los espectros que la noche anterior atormentaron su sueño, con sus capuchas negras y sus manos de frío acero. ¿O era quizás la sombra siempre presente de la muerte la que acompañaba aquel cortejo casi fúnebre?

Rodrigo necesitaba salir de allí, alejarse de aquel lugar donde olía demasiado a medicamentos y donde la muerte tenía demasiados sicarios. Pero se sentía obligado a quedarse, a velar por su amigo moribundo, aunque su presencia pasase desapercibida entre aquella marabunta de familiares que acudían a preocuparse por su desdichado amigo. "Sin duda es un muchacho querido por todos" pensaba Rodrigo, evocando en su mente buenos momentos junto a él y haciendo que sus ojos se llenasen de lágrimas.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Sueños de verano, capítulo ocho

Las tinieblas caían sobre la extensa llanura cubierta por la neblina. A su alrededor no había nada más que niebla y oscuridad; solo se escuchaba el espectral sonido de las hojas del distante bosque al mecerse y el aullido de los lobos a lo lejos. Sus pelos eran agitados por un viento que olía a asfalto y gasolina. Sentía miedo, pues  le rodeaba lo desconocido y cualquier sonido lo inquietaba. A su alrededor comenzaron a agitarse unas sombras confusas, espectros errantes de la medianoche, que arrastraban hojas secas y murmuraban entre ellas, sin que el muchacho pudiese entender qué decían.

De repente las sombras pararon y se materializaron en tres espectros de los que no podía distinguir sus rostros, pues estaban tapados por una capucha negra. El murmullo que habían traído consigo no cesaba, pero ahora se percibía claramente que no era fruto de una espantosa conversación entre ellos, sino que todos los murmullos venían de uno solo de esos terroríficos seres. Eran llantos desconsolados, gritos de dolor y miedo, grandes estruendos metálicos y sonidos de ambulancias. Las piernas del muchacho se movieron solas hacía el sonido y hacía el espectro del que manaba. El miedo recorría su cuerpo desde el estómago a la nuca, poniéndole los vellos de punta. Sus piernas se detuvieron a un metro del espectro, y pudo comprobar que llevaba una túnica negra que arrastraba por la mojada tierra de aquella pradera maldita. Pese a esto, daba la sensación de que flotaba.

El espectro levantó uno de sus brazos, dejando entrever entre los pliegues de la manga una mano fina y delicada que le acarició el rostro. Fue una caricia helada que le causó una gran congoja. El brazo del muchacho se levantó lentamente sin que este pudiese controlarlo, y su mano se tocó la mejilla donde había recibido la caricia. Al hacerlo notó un escozor profundo y al mirarse la mano, esta estaba cubierta de sangre. Horrorizado miró al espectro, que había vuelto a ocultar la mano entre los pliegues de la túnica. Del hueco negro de la capucha, donde debía de haber un rostro que el muchacho temía contemplar, comenzó a salir un fuerte viento frío.

 La túnica del espectro se levantó de súbito, pero no descubrió sus piernas, sino un cuerpo echado en tierra completamente desnudo, mientras que la fantasmagórica figura seguía levitando. Se trataba de un cuerpo lleno de cortes y moratones, y terriblemente pálido. El muchacho se agachó para intentar vislumbrar su rostro. Cuando estaba a escasos centímetros de la cabeza, esta comenzó a girarse lentamente, descubriendo un rostro hermoso pero terriblemente pálido, con unos ojos fríos y apagados carentes de vida. El muchacho dio un salto y se puso de pie del impulso, sin aliento y con la sangre helada, presa de un profundo terror, pues, aparte de la tétrica estampa, aquel rostro le resultaba conocido. Era el rostro de Juan Pablo.

El muchacho miró horrorizado al espectro encapuchado, del cual salía un murmullo en el que distinguía las voces de los padres de Juan Pablo, de sus familiares y amigos, destacando por encima de todas la de Ernesto. Todas las voces decían las mismas palabras, aunque estuviesen entremezcladas "Rodrigo tiene la culpa". Súbitamente el espectro se quitó la capucha y descubrió el rostro de Daniela cargado de odio, pálido y siniestro, deformado por el dolor. Su voz sonó alta y clara en los oídos del muchacho: "Rodrigo tiene la culpa", dijo mientras lo señalaba con su mano fina y delicada. Una voz desconocida sonó dentro de su cabeza: "huye".

Rodrigo se despertó empapado de sudor cuando los primeros rayos del alba comenzaban a anunciar el amanecer. Notaba como todo su cuerpo le pesaba, y como su corazón latía violentamente, acongojado aun por aquella espantosa pesadilla. Se incorporó con dificultad y decidió darse una ducha para arrancar de su piel aquel sudor frío que la dejaba pegajosa. En su cabeza un fuerte y agudo pinchazo le impedía pensar con claridad. En el baño, delante del espejo, comprobó que su aspecto era verdaderamente lamentable. No obstante, no era de extrañar, su escaso sueño había sido turbado por aquella extraña pesadilla. Mientras se duchaba no pudo dejar de pensar en aquella visión tan misteriosa.

Cuando terminó la ducha decidió tomarse un café y una pastilla para el dolor de cabeza. Sus padres se encontraban en ese momento desayunando y aprovechó para contarles lo acontecido. Ambos se sintieron profundamente turbados por aquella noticia. La madre de Rodrigo le propuso acompañarlo al hospital esa misma mañana, mientras que su padre no tuvo más alternativa que aceptar esperar al fin de semana, cuando sus obligaciones laborales no le reclamasen. Rodrigo aceptó, pues su madre sería un gran apoyo tanto para él como para la madre de Juan Pablo.

Mientras su madre se vestía, Rodrigo no podía parar de pensar en la pesadilla. ¿Qué significaba? Dudaba incluso de si había sido una pesadilla o no, pues recordaba nítidamente hasta el más mínimo detalle, desde el sonido de las hojas mecidas por el viento hasta el escozor que experimentó en la cara al tocarle el espectro. Al recordar esto no pudo evitar llevarse la mano a la mejilla para rememorar lo acontecido en el sueño. Un penetrante dolor acudió a su mejilla cuando su mano la rozó mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Corrió hacia el espejo que tenía en el salón y contempló su rostro de cerca con el corazón encogido. La mejilla derecha de su cara mostraba un arañazo superficial, apenas visible si no se le miraba de cerca. Un terror como no había experimentado nunca estalló en su estómago y se apoderó de cada músculo de su cuerpo mientras cada vello de su piel se erizaba. Tan sumido en aquel terror estaba, que ni siquiera vio en el reflejo del espejo que su madre se acercaba por detrás. Al tocarle el hombro para avisarle de que ya podían salir, Rodrigo aulló de terror y estuvo a un paso de desmayarse.

El tremendo susto que le dio a su madre pasó desapercibido cuando esta comprobó que su hijo estaba turbado y en un estado lamentable. Al mirarle de frente, pudo comprobar cómo su rostro estaba pálido y sudoroso, surcado por unas profundas ojeras y con la mirada inquieta y asustada.

-Rodrigo, cariño, siéntate y tranquilízate, ¿quieres algo? -le dijo su madre preocupada-.
-La culpa es mía mama, de lo de Juan Pablo, de lo de Daniela, de todo. Yo soy el responsable -dijo Rodrigo con la mirada perdida-.
-No tienes la culpa de nada, Rodri, son cosas que pasan, hay que ser fuertes y rezar. Seguro que todo sale bien -dijo ella abrazándole-.

Entre los brazos de su madre, cual niño pequeño, se sintió protegido y consiguió tranquilizarse, aunque esperase que en cualquier momento los aullidos de los lobos sonasen de nuevo en sus oídos o que la niebla turbase su vista y su espíritu. Si bien el abrazo no alejó el miedo a un sueño con demasiados tintes de realidad, al menos palió un poco su temor y le sirvió para afrontar lo que quiera que fuese aquello. Tras consolarse un poco más con el abrazo de su madre, se levantó y enfiló sus pasos hacia la puerta, resuelto a hacer frente a lo que le deparase tras ella, cubriendo el dolor y el temor con una ligera capa de falso valor que, al menos, daba fuerzas a su corazón. "Si los espectros del dolor han de venir a atormentarme con el recuerdo de la desdicha que me encuentren con la mirada altiva y la resolución de combatirlos", pensaba mientras cruzaba la puerta. Lejos quedaba en su memoria la única voz que en el sueño lo había ayudado, con su cobarde aunque sensato consejo.

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Si quieres saber como comienza esta historia, pincha aquí y comienza a leer desde el primer capítulo

domingo, 11 de marzo de 2012

Sueños de verano, Capítulo siete

La puerta de la sala de espera dio paso a un pasillo lúgubre en el que iban y venían médicos y enfermeras con prisa. Rodrigo y Daniela solo pudieron pasar a ver a Juan Pablo cuando algunos familiares salieron, pues no podían entrar todos a la vez en el espacio donde estaba la camilla de su amigo. El olor a suero y medicamentos que imperaba por aquellos pasillos se le coló por la nariz e impregnó su ropa haciéndole sentir sucio y enfermo. Deseó entonces escapar de allí, librarse de aquel dolor que lo había maltratado y que seguiría maltratándolo al cruzar las cortinas que lo separaban del maltrecho cuerpo de su amigo, pero sabía que no podía cometer aquella cobardía, debía de permanecer junto a Daniela y juntos enfrentarse a aquella terrible prueba.

martes, 28 de febrero de 2012

Sueños de verano, Capítulo seis

El taxi les dejó en la puerta de urgencias. Allí les estaba esperando un hombre mayor, de pelo canoso y piel arrugada, con la tez morena. Tenía una espalda poderosa y unos brazos imponentes rematados con unas inmensas manos; era el padre de Daniela. Al verlos llegar juntos preguntó que quien era Rodrigo, Daniela le contestó que era amigo de Juan Pablo. Tras esto le dio un fuerte apretón de manos y entraron.

Tras entrar en el hospital pasaron de inmediato a la sala de espera, una habitación lúgubre y mal iluminada, reflejo de los angustiosos sentimientos que allí se manifestaban. Reconoció de inmediato a los padres de Juan Pablo, que estaban en un rincón rodeados de unos pocos familiares. Su madre lloraba a lágrima viva mientras su padre la abrazaba fuertemente, dándole su apoyo a la vez que recibiendo su calor para poder ser fuerte.  Pese a que  intentase mostrar fortaleza, en el rostro del padre de Juan Pablo también se dibujaban los surcos de las lágrimas y el sentimiento de culpabilidad: el accidente había sido con su harley. Rodrigo no se atrevió a acercarse a ellos, pese a que los conocía desde hacía años.

martes, 21 de febrero de 2012

Sueños de verano, Capítulo cinco

Sus labios se rozaron durante unos segundos atraídos por la dulce fuerza del amor. El primer beso solo fue el preludio de muchos más, primero suaves y mimosos, más adelante apasionados, dejando paso a la lengua a través de las carnosas puertas del amor. La toalla que cubría a  Daniela se resbaló despacio, sin que ella hiciera nada por evitarlo mientras que a Rodrigo empezaba a sobrarle la camiseta. Contemplaron sus cuerpos desnudos sin ningún pudor, pues nada hay de vergüenza cuando se ha claudicado ante la pasión. Rodrigo la recostó delicadamente en la cama, aun húmeda y cada vez más extasiada de amor. Se abrazaron durante largo rato, se besaron despacio, acariciando cada parte de sus desnudos cuerpos totalmente poseídos por el deseo. Nada importaba más que ellos dos, el resto del mundo dejó de existir en aquellos minutos de dicha infinita. En medio de aquella danza del paraíso, de aquel sueño con tintes de realidad, sonó el teléfono.

Rodrigo miró a Daniela y soltó una carcajada. En los ojos de ambos se leía que quien fuese no podía ser más inoportuno. Daniela se cubrió el cuerpo con la toalla y fue a cogerlo mientras Rodrigo se quedaba recostado en la cama, tratando de poner en orden sus ideas después de aquella dulce locura en la que hasta hacía unos momentos se encontraba inmerso. Nunca habría imaginado que aquel momento especial pudiese ocurrir de una manera semejante, pero así había sido desde el principio su relación con Daniela, un dulce remolino de acontecimientos espontáneos que lo habían llevado a tocar el cielo.

martes, 14 de febrero de 2012

Sueños de verano, capítulo cuatro

La luna llena se alzaba sobre las casas, magnánima y brillante, como esplendoroso reflejo del poder que la noche ejerce sobre los hombres. Habían pasado varios días desde que, como un destello celestial, Daniela había aparecido en su vida. Habían pasado también varios días desde que el beso intuido en sus labios fue el preludio de una hermosa historia de dicha sin igual. La había llamado, había hablado largo rato con ella por las tardes, pero no había vuelto a verla. Ahora se encontraba apoyado en la baranda de su balcón contemplando la luna, pues la magia de esta le recordaba a Daniela.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Sueños de verano, capítulo tres

Las palabras se acumulaban en su garganta pero morían en el trayecto hacia sus labios. Permaneció durante una eternidad callado, recuperándose de aquella broma del destino. "Hola Rodrigo" dijo con su dulce voz. Rodrigo alcanzó a responderle con un simple hola. Había estado todo el día planeando un encuentro, deseando verla, anhelando una oportunidad de volver a contemplar la hermosura de su pequeño rostro, y, sin embargo, ahora no sabía que decir.

-¿Qué haces aquí parado Rodrigo?-dijo Daniela con una tierna sonrisa en sus labios.
-Estaba contemplando la puesta de Sol.
-¿Puedo acompañarte?
-¡Por supuesto!

El Sol acariciaba sus rostros con la débil luz del día que muere. Rodrigo dejó de mirar aquel paisaje que tan bien conocía y miró a Daniela. Sin duda no es una morena ardiente, ni tenía trenzas de oro, pero la deseaba profundamente. Bañada por aquella luz anaranjada, con su melena mecida por el viento, parecía un sueño inalcanzable. En ese instante le miró, y sus miradas se cruzaron durante segundos que parecieron años. Esa sincera mirada, esos carnosos labios hechos de pura pasión, lo invitaba a algo que deseaba desde la noche anterior. Pero se contuvo, era demasiado pronto para todo, tanto más para aquello. Además le consumía un miedo mayor a cualquier otro que hubiese experimentado anteriormente: el miedo al rechazo. No sería el primero, sin duda, pero con Daniela no podía precipitarse, era demasiado importante como para cometer un fallo.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Sueños de verano, Capítulo dos

El Sol del mediodía entraba por la ventana. El calor empezaba a ser sofocante mientras escuchaba a los vecinos discutir. Rodrigo alcanzó el mando del aire y se dio un respiro de aire fresco mientras se tumbaba boca arriba en la cama y empezaba a pensar. ¿Había sido Daniela real o un sueño idílico de verano? Mientras reflexionaba sobre esto empezó a sentir la desagradable sensación que deja el alcohol en el gaznate por la mañana, e intento apartar esos pensamientos para ir a beber agua. Sin embargo, no podía dejar de pensar en ella, aun sin saber si era una vana ilusión o una tangible realidad.


Tras beber agua, un fuerte deseo lo empujó hacia el teléfono. Tenía que llamar a Juan Pablo. Sin embargo su amigo no le cogía el teléfono. Empezó a desesperarse, llamó varias veces más, sin éxito. Subió a su cuarto y se tumbó en la cama, decidido a calmarse. No había pasado ni un día desde que la conoció, aquello no podía ser bueno para él, parecía un perturbado. Tomó entre sus manos Rimas y Leyendas y comenzó a leer: "Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar..." entre las líneas de aquel poema se sintió arropado, la belleza de la rima y la genialidad del verso calmaban su alma y lo hacían evadirse a otro mundo. "Solo es la novedad", pensaba, "tan solo es el saber que una chica nueva me ha prestado más atención de lo normal". Sin embargo, en su cabeza sonaba una y otra vez como la brisa primaveral entre los azahares, suave y dulce, el nombre de Daniela.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sueños de verano, Capítulo uno

La brisa de la tarde acariciaba su rostro y agitaba su pelo. El Sol se estaba poniendo y un tono anaranjado inundaba cada rincón de aquella bella imagen. El río discurría calmado, parecía casi parado. En la otra orilla los patos nadaban entre los juncos. Las nubes, rosas cual algodón de azúcar, se movían con tranquilidad. La gente a su alrededor hablaba en voz baja, como con miedo de romper aquella armonía entre hombres y naturaleza. Apoyado en la baranda del embarcadero, Rodrigo admiraba la idílica estampa que se mostraba ante sus ojos. Estaba acostumbrado a aquel lugar y a la belleza que irradiaba en la puesta de Sol, pero siempre que se paraba a recordar lo hermoso que era quedaba maravillado. "No por conocerla bien dejará de sorprenderme" pensaba.